miércoles 25 de noviembre de 2009

Identidad,pluralidad y sujetos sociales en medio de una realidad escindida por un saber "propio". Críticas a la Teoría Post-Colonial (Segunda Parte)


Por: Gustavo Adolfo Hedmont Rojas

A principios de la década del noventa surge en Los Estados Unidos una iniciativa de análisis postcolonial que en primer término, buscaba diferenciarse de los Cultural Studies, el Latin American Subalternal Group, claramente influenciado por Subaltern Studies, una publicación que fundara y editara Ranajit Guha. La crítica a dicha propuesta giraría precisamente en torno a lo que previamente se venía cuestionando en los “Estudios Culturales”: la excesiva ponderación de lo cultural[1] por una parte, y aunado a ello la “reproducción de la lógica transnacional y primermundista de la globalización”[2]

El cuestionamiento de la teoría postcolonial pasa justo por el centro de lo que se ha coincidido en denominar el “textualismo de Jacques Derrida”, que a los efectos de su desenvolvimiento en lo respectivo a los estudios subalternos, deviene según sus críticos, en la simplificación evidenciada en el hecho de pretender librar una lucha supeditada al ámbito de la lingüística, valiéndose de las universidades como trinchera, cuando éstas nunca habrían dejado de constituir parte del andamiaje institucional hegemónico[3].

Lo más sustancial de la crítica se expresa en argumentos como los esgrimidos por Mabel Moraña[4], quien encuentra que el mayor problema radica en la manera como se termina creando una homogeneidad teórica para sociedades particularmente heterogéneas como lo suelen ser (desde un punto de vista no solo cultural, sino además en lo que concierne a las relaciones sociales, y también a la identidad) , todas o cuando menos, la mayoría de las sociedades latinoamericanas, llenando de sombras la complejidad que caracteriza a la realidad social cualquiera que ésta sea, en aras de un vanguardismo que aspira a la asignación de representaciones e interpretaciones desde un locus externo enunciativo[5] (o locus enuntiationis) es decir, la academia norteamericana.

Lo que cabe preguntarse en tal sentido es, ¿hasta qué punto a nombre de la liberación de nuestra historiografía y en general nuestra producción intelectual del influjo de categorías producidas por el colonialismo (que sin duda afectaron la reflexión sobre nuestra identidad) se está sacrificando la especificidad histórica y cultural de países y regiones enteros?

La heterogeneidad es igualmente una característica del pensamiento latinoamericano, desarrollado desde la mirada propia. Ello nos remite al siglo diecinueve. Se nos vienen de inmediato a la mente por ejemplo, José Martí, y hasta cierto punto, el propio Andrés Bello, sin que signifique que estemos agotando aquí el aporte a la generación de una visión distinta, con más de un siglo de antelación con respecto al período postcolonial de los antiguos territorios en poder de Inglaterra o Francia, principalmente.

Antes por el contrario, el hablar (de nuevo) por otros y en nombre de otros se estaría reeditando ahora en el contexto actual de la migración en dirección Sur-Norte. Para el caso específico del inmigrante hispano en Norteamérica veamos lo que nos dice Estela Fernández Nadal:

“(…) Sucede que la identidad de América Latina se desvanece si se lee desde el lugar del inmigrante latinoamericano en los Estados Unidos, pues desde esa posición las diversas memorias-hegemónicas u oprimidas-que luchan o coexisten en su mundo de origen, pasan a formar parte de un pasado que carece de vigencia en el nuevo locus. Esta experiencia no es la de los que no hemos migrado o los que lo han hecho a otro país latinoamericano, y no puede por tanto, universalizarse” (Fernández: 2005)

Hugo Achúgar, en lugar de limitarse a citar a modo de dogma, el concepto “imperialismo”, intenta develar uno de los mecanismos según los cuáles este suele operar, en este caso se trata de un mecanismo cognitivo:

“Cuando desde el locus enuntiationis de la academia norteamericana se confunde lo latinoamericano con lo latino-estadounidense, somos espectadores de un gesto que tiene que ver, más que con nosotros y con nuestra identidad, con la política imperialista de la gran potencia mundial. Es lógico que el impacto de las migraciones en los Estados Unidos haya puesto en crisis la hasta hace poco identidad monocultural de ese país y haya obligado a atender la diversidad étnica, religiosa y cultural de su población. Sin embargo otorgar a su problemática local un alcance mundial, o como mínimo, común a todo el continente americano, representa una proyección de la cultura norteamericana hacia fuera, a partir de la convicción de que es isomorfa con el mundo. Esta concepción de sí mismos como “microcosmos” forma parte de la legitimación del status estadounidense de única superpotencia”[6].

Ahora bien. A la par del efecto homogeneizador al que hicimos referencia con anterioridad, los estudios postcoloniales se colocan sobre un plano de identidades colectivas fragmentadas que a su vez coinciden con la escisión del aspecto cultural de la sociedad, del político-económico.

Se trata entonces de la lógica propia de los denominados “nuevos movimientos sociales” tal y como fueron definidos por Touraine (en la década del noventa del pasado siglo), quien destaca como su más trascendental atributo, la participación de una pluralidad de actores: gays y lesbianas, los estratos medios de la sociedad, mujeres, ecologistas, consumidores, enfermos de SIDA, afrodescendientes, indígenas, colegiales, defensores de los derechos humanos, ancianos, etc. Algunos de ellos ligados a identidades circunstanciales o cambiantes, o simplemente a “luchas” temporales desde la posible firmeza de su identidad. Falta agregar en el caso de un país como los Estados Unidos, a los inmigrantes en su condición de sujetos desterritorializados y descentrados desde el punto de vista político y social, en concordancia no sólo con su frecuente situación de “ilegalidad”, sino con la inestabilidad generalizada propia de la globalización financiera y comercial.

La categoría “subalterno” pasa a sustituir así a categorías previamente aportadas por las ciencias sociales: La categoría “nación”, así como “pueblo” y “clase”, por ejemplo, por hallarse inscritas en “metarrelatos” cuya principal “limitación” desde ésta postura, estribaría en su carácter “omnicomprensivo” o “totalizante”, y por tanto, no acorde al desarrollo contemporáneo de la técnica que habría barrido con el tipo de organización de la producción, el trabajo, y las relaciones sociales que les dio origen y pertinencia.
Lo evidente es que la fulana "realidad global", no rompe con la estructura de clases de las sociedades modernas.

En definitiva, el enfoque postcolonial no es otra cosa que la continuación del enfoque postmoderno que encontraría en la descomposición del bloque socialista, al inicio de la última década del siglo pasado, la confirmación del anuncio del final de las grandes utopías. El migrante, bajo el privilegio que se concede a lo cultural, sin considerar las causas estructurales del fenómeno de la migración (y los procesos sociales y económicos asociados a ellas), se ha convertido entonces en el subalterno actual por excelencia, un sujeto que guarda afinidad con el psicologismo postmoderno.

El postcolonialismo termina reducido a una mera referencia a la subjetividad individual, que de acuerdo con Mignolo, presenta “sensibilidades y emociones que en la situación de ‘exilio’ se conservan y perpetúan el vínculo del cuerpo con el idioma, la comida los olores, el paisaje y el clima”[7], pero se desarrolla en el marco de la disociación que se patentiza, como se viene subrayando, al separar la cultura de las otras dimensiones de la realidad social. Ello reafirma la disgregación de la historia de los sectores populares, que (se supone) buscaba rescatar de la invisibilización, o de la manipulación efectuada desde las metrópolis. El punto es que se va dificultando de ese modo toda crítica coherente en el seno de los debates académicos y también políticos, puesto que el análisis se diluye en la deconstrucción permanente del lenguaje hegemónico, que, sin ser errónea o inconveniente por sí misma, no logra constituirse como medio para transformar la realidad.

No perdamos de vista algo: la visión postcolonial le otorga fundamental importancia a la heterogeneidad, solo que la plantea desde el reconocimiento de múltiples identidades en la era global actual, en contraposición a un contexto previo en el tiempo (tan solo unas pocas décadas hacia atrás) susceptible de explicarse a la luz del concepto de clase social que ahora se antoja como “totalizante” y por consiguiente, opaco y estático al no dar cuenta de la diversidad de sujetos que hoy por hoy se encontrarían oponiendo resistencia al orden imperante, mientras que el concepto subalternidad se adecuaría a los tiempos que corren por su multilocalización, es decir, por no encontrarse anclado al clásico esquema del Estado-Nación. Con ese criterio se planteó la “politización de la teoría”, pretendiendo hacer ver que se libraba una lucha de resistencia desde el ámbito de los signos y las representaciones.

Frente a ese panorama resulta necesario identificar los vínculos existentes entre la prédica desideologizante del postmodernismo y la doctrina que hasta los actuales momentos impera sobre el manejo de la macroeconomía a escala planetaria, es decir, El Neoliberalismo, a efectos de comprender, por qué, mientras se asumía (y se asume) como inevitable la “era global” (que sin temor a incurrir en la mirada teleológica, hay que afirmar que no se trata de algo distinto a una fase avanzada de unificación del capital privado internacional), se fomentaba el apoliticismo.

¿Alguna Respuesta?

Una vez expuesta la crítica a los estudios postcoloniales, consideramos que sí es posible esbozar, por lo menos, una respuesta. En primer término hay que decir, que de lo que tuvimos ocasión de considerar hasta éste instante, se desprende parte de la misma.

Tal y como sugiere Žižek la categoría “clase” en lugar de ameritar ser sustituida a nombre de pluralidad y la multiculturalidad, puede y requiere emplearse de manera complementaria a los nuevos sujetos sociales[8].

Por otra parte, más allá de la categoría “subalterno” o “subalternidad” la deconstrucción de discursos, no necesariamente es contraproducente y resulta más bien relevante, en la medida a que no responda a análisis parciales, que privilegien lo cultural a costa de las demás dimensiones de la realidad social.

Finalmente no está demás enfatizar que el período postcolonial en nuestra región tuvo inicios en la segunda década del siglo diecinueve, razón por la cual se sugeriría concentrar nuestros esfuerzos en darle continuidad al estudio de los procesos culturales, sociales políticos y económicos que se han venido desenvolviendo siglo tras siglo en la América Latina, sin separarlos de manera forzada de la historia mundial, y al mismo tiempo sin descuidar las especificidades, en cuanto a modos de producción, memorias, espacio geográfico y relaciones sociales. El debate continua.

Referencias:

[1] Además se ha hecho referencia a la “apoliticidad” que responde a cierta lógica que John Beverley, Ileana Rodríguez y otras autoras y autores del Latin American Studies Group caracterizaron como opuesta a sus planteamientos. Al respecto Santiago Castro señala:
“Este grupo nació como una alternativa teórico política al predominio de los Cultural Studies en América Latina, y particularmente frente a la línea ‘social-demócrata’ defendida por Néstor García Canclini, George Yúdice y Beatriz Sarlo. Descontentos con la vinculación de los estudios culturales a instituciones de la high culture (la creación de la “Red Interamericana de Estudios Culturales” financiada por la fundación Rockefeller), los miembros del grupo decidieron buscar nuevas formas de articular una “repolitización de la teoría”. Castro, Santiago. Op.Cit.
[2] De acuerdo con Castro-Gómez, tales palabras corresponden a Mario Cesareo. El autor cita además a la chilena Nelly Richard:
“Desde América Latina, la chilena Nelly Richard criticó la forma en que las universidades norteamericanas instrumentalizan la figura del ‘subalterno’ para legitimar la institucionalización de proyectos investigativos, la movilización de recursos financieros y la creación de nuevas cátedras, Para autorreproducirse, el sistema mismo de categorizaciones académicas del ‘centro’ necesita apelar a marginalidades, alteridades y subalternidades que son empacadas bajo la etiqueta de lo ‘postcolonial’ y exportadas posteriormente a América Latina”. Op.Cit.
[3] Para John Beverly (y no deja de tener razón) no existe un “afuera de la universidad”:
“ (…) Por toda la institución universitaria pasan casi todas las luchas hegemónicas y contrahegemónicas de la sociedad” (Ibid.)
[4] Ver Fernández, Estela, Op.Cit.
[5] De acuerdo con el uruguayo Hugo Achúgar, no se trata de un espacio físico sino de una ubicación geo-ideológica- cultural.
[6]Ibid.
[7] Ibid.
[8] Se recomienda darle seguimiento al siguiente trabajo: Žižek, Slavoj (1998). “Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional”, en F. Jameson y S. Žižek, Estudios Culturales: reflexiones sobre el multiculturalismo. Buenos Aires, Paidós.