sábado 13 de febrero de 2010

Una protesta no es un acto de malcriadez

Por : Nairbis Sibrian

Una protesta política no es un simple acto de malcriadez, es un gesto que se perfila como la más simple y pura posibilidad de libertad. Esto no puede ser confundido con las habladurías y el fascismo. Si se revisa la historia chilena se entenderá que protestar fue la forma de respirar bajo unas circunstancias donde dentro o fuera de casa ya se estaba muerto.
Tras el derrocamiento del gobierno constitucional de Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973, se desató en Chile la más cruenta dictadura militar cuyos resultados aún resultan incalculables dado el sin número de desaparecidos y de cuerpos no identificados. La Unidad Popular, encabezada por Allende se proponía una transición pacífica hacia el socialismo, algo familiar hoy en día en el continente latinoamericano, sin embargo ésta fue impedida por un golpe de estado, una estrategia típicamente aplicada en la región cuando algo pone en riesgo los intereses imperiales.

Es así como comienzan 17 largos años de dictadura, de violaciones a todo el que se interpusiera en los caminos del General Pinochet. Se usaron dos conceptos claves para validar la inmensa represión, el primero fue “el enemigo interno” el cual se le podía atribuir a cualquiera. Numerosos allanamientos se hicieron bajo esta figura, no sólo marxistas, comunistas y socialistas fueron perseguidos, sino todo el que protestara por las medidas impuestas. Otro concepto clave de esta época fue el “estado de sitio” o “estado de excepción” que le permitía al régimen suspender las garantías (sociales, políticas) y llevar a cabo cualquier atropello con la excusa que se vivía una guerra interna. No obstante, a pesar de la fuerza represiva del gobierno siempre hubo una resistencia; numerosas protestas se llevaron a cabo durante esos años a las cuales el gobierno siempre respondió violentamente.

Según datos de Amnistía Internacional y la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (ONU) sólo en 1973 hubo 250 mil chilenos detenidos por motivos políticos. Ejecuciones sin juicio, muertos en falsos enfrentamientos, desaparecidos y torturados fueron pan de cada día. Durante las protestas era usual que el gobierno respondiera con tanquetas y que éstas penetraran en las poblaciones populares en busca de los insurgentes, pero lo común era que entre las víctimas figuraran personas que ni siquiera tenían algún compromiso político explícito.

Todo el que fuese capturado durante una protesta iba preso bajo la excusa de “enemigo interno” y si además se le encontraba algún objeto contundente (molotov, piedra, cuchillo o hasta una onda) la persona era juzgada según la ley antiterrorista bajo un tribunal militar, hecho que hasta la actualidad es vigente y se aplica sobre todo al conflicto Mapuche y estudiantil contemporáneo. Un estudio realizado por la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Chile, estimó en 2.279 el número de muertos que dejó la dictadura de Pinochet, mientras que otra Comisión Gubernamental Chilena de Reparación y Justicia agregó otros 899 crímenes, de tal manera que son más de 3.000 las víctimas fallecidas de aquella dictadura sin contar a los miles de torturados.

Pero lo relevante de esta reflexión es que durante estos años la gente protestaba porque sus derechos más básicos estaban siendo vulnerados, empezando por el hecho de que la salud y la educación eran privadas. Además, datos del Departamento de Economía de la Universidad de Chile señalan que en 1983 la cesantía llegó a un 24, 8 por ciento, los niveles de pobreza aumentaron de un 17% en 1970 a un 38% en 1987 según estudios de la CEPAL, todo partido político era declarado una organización ilícita, habían desapariciones, torturas y allanamientos constantemente, es decir, esto era realmente un régimen represivo donde la única posibilidad de dignidad era protestar.

Es por estas múltiples razones que ante las marchas estudiantiles llevadas a cabo en Venezuela con el argumento de que no hay libertad de expresión, sólo es posible preguntar si existen condiciones materiales que avalen tal argumento, pues no hay punto de comparación entre lo que es un régimen dictatorial y el Gobierno Venezolano. La libertad es más que la dimensión del espacio radioeléctrico, más que la posibilidad de elegir entre RCTV y TVN que al final son lo mismo, o sea, allí no hay posibilidades de elegir pues de antemano se dan las opciones. Una real libertad radica en tener la posibilidad de pensar de otro modo, de pensarnos y producirnos de otro modo, de encontrar otra forma de vivir en este mundo.

Las recientes protestas llevadas a cabo por estudiantes de oposición en Venezuela no tienen fundamento más allá del derecho constitucional a su realización como es lógico en un gobierno democrático, pero comparándolas con el caso chileno, entre muchos otros ejemplos latinoamericanos, carecen de lo fundamental en un movimiento rebelde: ética y argumentos.

nairbiss@gmail.com

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