sábado 6 de marzo de 2010

A propósito de catástrofes y terremotos

Por: Mario Millones Espinosa

En Chile, después del gran terremoto que azotara este 27 de febrero a gran parte de su territorio centro y sur, se comienzan a vislumbrar hechos que social y políticamente se habían tapado; primero, con la bonanza del cobre de los últimos años, segundo, con la idea de una sociedad tranquila, organizada y muy bien estructurada, y, tercero, con logros deportivos recientes que afanaban un ideal de patriotismo efervescente y de una nación que en su llegada al bicentenario, se proclamaba como la más estable del continente sur-americano.

Dicho de un modo más esquemático, a raíz del terremoto se empezaron a caer kilos y kilos de un ropaje político exitista que Chile venía promulgando desde la década del ´80 en plena dictadura militar. Sin embargo, detrás de tanta ropa a la cual se le agrega una pintura corroída por los años, se asoman vestigios de un pueblo lleno de arrugas, heridas y verrugas; con claras evidencias de caminos secos surcados por lágrimas silenciosas que no son sino testigos de otras masacres humanas (quizás) peores que el actual terremoto acaecido: se asoman las huellas de un pueblo demacrado, desilusionado, dominado y con serios síntomas de esquizofrenia colectiva por el consumo y el individualismo.

En primer lugar, un hecho que quedó a la vista inmediatamente post-terremoto en la capital de Chile, Santiago, fue la situación clasista. Esta sigue siendo tan notoria y descabellada como lo describió Marx para el siglo XVIII. Por ejemplo, minutos después del terremoto quienes tuvieron una reposición inmediata de todos los servicios básicos que se vieron afectados (luz, agua, internet, comida, etc.) fueron, sin asco alguno, los barrios altos.

Los barrios populares, en cambio, a casi una semana del evento siguen sin luz y algunos sin agua; para qué hablar de sus viviendas, literalmente, en el suelo.

En segundo lugar, el centralismo político, económico y social sigue direccionando las políticas públicas institucionales de Chile. Otra cosa sería si cualquier catástrofe azotara a Santiago. En los últimos dos terremotos que tuviera Chile (en el norte el 2005 y el presente) la lentitud de la ayuda inmediata y posterior evidencia cada vez más que importan las ciudades lejanas para hacer patria mas no para ser considerados como espacios importantes.

Un tercer punto es que Chile, o mejor dicho su población, sobre todo las clases más desfavorecidas por el capitalismo necesitan, urgentemente, organizarse. A pesar que existen muchas organizaciones sociales, autónomas, autogestionadas; el grueso de la población ante cualquier suceso, sin el Estado, no haya qué hacer ni cómo moverse. Es una sociedad en su mayoría Estado-dependiente en todos sus aspectos. O como establece el pensador Eduardo Devés, no piensa fuera de los límites del Estado.

Cuarto punto: los noticieros que se saben que están controlados en su mayoría por la derecha económica y política, además de sensacionalistas y amarillistas; son, sin lugar a dudas, clasistas. El hecho es que, aún cuando hay personas desaparecidas, el saqueo de supermercados cobra mucho más importancia porque robarle a un empresario en Chile es peor que hombres y mujeres desesperados tras una catástrofe. La culpa del obrero por querer consumir lo que todos los medios y todo lo que lo rodea le dicen que consuma, es su gran flagelo. Ello, nos remite inevitablemente a que una sociedad basada en el libre mercado y el consumo, por tanto, tiene todos los males que ello acarrea, como dice Tomás Moulian: a la sociedad, “el consumo la consume”.

Cabe agregar a esta arista que como consecuencia de un Estado cada vez más reducido, se manifestaron (con al terremoto) grandes derrumbes de edificios, puentes y pasarelas, en su mayoría elaboradas por concesiones privadas; hecho que viene a demostrar que la figura del Estado protector, activo y partícipe no es sino una imperiosa necesidad cuando el mercado espera a la vuelta de la esquina para abaratar costos y maximizar beneficios.

Por último, se decretó Toque de Queda y Estado de Excepción en las regiones devastadas por el miedo a la “querida chusma” como decía Alessandri (ex presidente chileno); no obstante, y como decía el filósofo Agamben, la vida en la actualidad es por sí es un estado de excepción: hay muertos vivientes que nadie quiere ver y que todos odian porque nos recuerdan lo que también somos: indiferentes; para sobrevivir, al igual que un campo de exterminio nazi, habrá que sacrificar a algunos (clases bajas) por el bien de otros (clases altas); la vigilancia y la dominación como lo demuestra Foucault ya fueron tan normalizadas que todos claman un poco de ella cuando se ven libres. El Estado de excepción es la condición actual del capitalismo donde se fabrican guerras para avanzar y pactos para matar silenciosamente, cuando se cree que hay paz y este régimen nos mira y evalúa como prisioneros de guerra.

Las catástrofes naturales contienen un riesgo impredecible que nadie puede controlar, sin embargo, como dice el sociólogo Beck, hoy la sociedad fabrica sus propios riesgos y, las catástrofes humanas, son mucho más contingentes y devastadoras que huracanes y terremotos. Y no hablo de catástrofes como las guerras, sino de la vida cotidiana en que todos creen hacer algo para luchar contra el capitalismo y, silenciosamente, seguimos siendo cómplices del exterminio de miles de niños y niñas, hombres y mujeres, y nosotros, abrigados, pensamos que hacemos crítica social.


mario.millones.espinosa@gmail.com

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http://www.aporrea.org/internacionales/a96438.html