mario.millones.espinosa@gmail.com
“Mi pelo está creciendo, aunque muy ralo
y las canas se vuelven rubias
y comienzan a desaparecer; me nace la barba.
Dentro de un par de meses volveré a ser yo”
Ernesto Guevara, Diario del Che en Bolivia, 1966.
La figura o, mejor dicho, imagen de Ernesto Guevara debe ser hoy en día una de las representaciones más reconocidas a nivel global, tanto así que podríamos ponerlo a la par con los crucifijos e imágenes de Jesús (blanco) para el mundo cristiano, Maradona para los futboleros, McDonald´s para los aficionados a la comida chatarra u Ozzy para los rockeros.
Su rostro mirando al horizonte que fuera inmortalizado por Alberto Díaz, se puede encontrar hoy en día en tan diversos artículos (suvenires) como espacios baldíos, banderas o murales. Es tal su reconocimiento que ya más de algún niño le ha preguntando a su padre si se trata del nuevo delantero del Barcelona o si podría ser un nuevo cantante de regueatton.
Entre banderas, cánticos y porros; sin lugar a dudas que la imagen del “che” es una de las imágenes más prostituida que haya conocido la historia de Latino América en las últimas décadas; no obstante ello, su obra sigue siendo tan incomprendida (también, por mi persona que me veo en la obligación de escribir sobre él) como prejuiciada cuando no, enjuiciada y repudiada.
Cada vez que se habla de política (en el entendido vulgar de la palabra) y sobre todo de injusticia social, lo común y corriente es escuchar y pensar a coro en DERECHOS y luchas CONSTITUCIONALES. Es casi un discurso parejo sin cuestionamientos que la ley y las instituciones ad hoc operarán para poner orden cuando los casos así lo ameriten. Así, en tanto, el derecho y la ley se vuelven como los dispositivos de verdad que más nos han inculcado desde la escuela a pesar de que la misma ley fue hecha por quienes se encuentran en sitiales privilegiados del poder burocrático y económico (sino, vean a Chile, su Constitución y quienes la escribieron y pensaron). La ley, como se puede apreciar en toda la Historia de América Latina, siempre ha favorecido a los grupos de poder y sus influencias.
Sin embargo, si alguien por ahí habla siquiera de la reivindicación de la lucha armada para la liberación de los pueblos, si alguien osa a decir que la armas son también una herramienta para la liberación; suceden dos hechos muy notorios: primero, la derecha acusa inmediatamente de extremista y terrorista a quien lo haga ya que sólo ellos tienen la facultad y voluntad para asesinar, torturar y desaparecer creyendo que hacen el “bien común” y, segundo, se dice desde muchos rincones que puede existir otro camino (democrático) para la reivindicación de los pueblos (mientras tanto, la derecha sigue planeando como asesinar y desaparecer a quienes crea peligrosos).
Así, entonces, la lucha armada es sinónimo de descalabro, odio, resentimiento, anacronismo; y obviamente es rechazada con justificativos diversos que tiene dos razones más de fondo: la primera, legitimar la posición de cada uno para hacer ver a los demás que su trabajo o acción contribuye a la sociedad (aunque su trabajo sea de gerente de Repsol), y segundo, porque cree que sirve más vivo que muerto.
Pues, de esta manera, todas las justificaciones que puedan salir en una discusión cualquiera manifiestan con creces sólo un hecho: ni en broma pondrían en riesgo su vida por un ideal.
Entonces, cuando nos encontramos con tanto merCHEndising en las calles, el cuestionamiento inmediato es si la obra de Ernesto es realmente comprendida o más bien está completamente mediatizada. Su paso por Bolivia genera muchas discusiones en varios círculos donde los comentarios suelen elucidar que “se equivocó”, “que fue ingenuo” o “que se entregó”. Empero, hay algo que se debe recalcar ante todos esos comentarios y que gravita en la pequeña e insignificante diferencia entre quienes hablan y el propio Ernesto: el segundo, entregó su vida no una vez, sino muchas veces por lo que creyó; los primeros, no.
Ernesto no fue tan sólo un guerrillero o un loco solitario en busca de agua potable, sino que fue uno de los artistas más sinceros que conociera nuestra historia. Fue un poeta, un esculpidor, un pintor, un director; un artista con todas sus letras ya que su muerte no fue otra cosa que su obra más maravillosa.
La obra de arte se vuelve hermosa cuando acción y pensamiento van en la misma línea y, sobre todo, cuando la vida se mira desde la esquina en que no vale nada sino es vivida con riesgo; cuando se toma por el puño y se decide cómo vivirla y cómo morirla. Es existir, ser y estar en el mundo.
La vida que propuso Ernesto, incluso cuando fuera ministro en Cuba y después de horas de oficina fuera a cortar caña o a cargar al puerto; es el modo de ver las cosas en que nada tiene valor material ni sensible sino se arriesga a que sea más digna. En este sentido desde un punto de vista “guevarista”, la vida no merece ser vivida haciendo vista gorda de todo o no arriesgando nada para no cambiarlo todo.
Ernesto Guevara De la Serna no fue un loco ni mucho menos un pendejo, vio la vida como el campo de batalla en donde si se habla de justicia y de revolución, hay que ir a tomar las palabras con los actos y luchar con todo ya que el fascismo mata (incluso, silenciosamente) a millones de personas todos los años, y eso, es razón suficiente para no estar tranquilos[1].
Muchos creen que se vale más vivo que muerto, pero lo que no saben es que en verdad ya están muertos y el CHE está vivo, porque sólo cuando se toma la vida como una obra de arte y se arriesga todo por ella, es que la vida se vuelve hermosa y bella y se vuelve, en sí, vida. Ernesto por ello sigue viviendo, nosotros por ello seguimos sin comprender su obra.
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1. Ver el último artículo de Atilio Borón "sepa lo que es el capitalismo" (http://www.atilioboron.com/) donde hace una recopilación de todas las consecuencias humanas taxativas que trae consigo el sistema capitalista.
1. Ver el último artículo de Atilio Borón "sepa lo que es el capitalismo" (http://www.atilioboron.com/) donde hace una recopilación de todas las consecuencias humanas taxativas que trae consigo el sistema capitalista.

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