Por: Gustavo Adolfo Hedmont Rojas
Chile: La meca del neoliberalismo en América Latina. Cualquiera que indague someramente en dicha cuestión podrá constatar sin mayor dificultad, que el país austral reporta un éxito excepcional en cuanto al grado de avance y estabilidad no solo de las políticas neoliberales sino del capitalismo en general. Es decir, para el más acérrimo defensor del capitalismo, Chile constituye (aún hoy) algo muy, pero muy cercano, a lo que hubieron de esperar los discípulos de la famosa escuela neoliberal de Chicago, que más tarde se encargarían de ejecutar, a cabalidad, la receta de endeudamiento que serviría en bandeja de plata, los recursos estratégicos de nuestros países (el agua, y otros recursos naturales, grandes fuentes de energía, y el espacio vital de nuestros pueblos, hasta el más recóndito de los escenarios de la Amazonía, porque estamos hablando de un proyecto de dominación que plantea como uno de sus grandes alcances, convertir en propiedad privada el acervo genético de la región más rica en especies vegetales y animales del planeta), y por supuesto, hacer de la salud, la educación, la vivienda, la seguridad social, y los servicios públicos lo mismo que el negocio del juego y del azar tan de moda en la actualidad: la más acertada de las apuestas, en tanto y cuanto, el capital privado, asegura para sí la ciudadanía entera como una inmensa clientela. Todo ello a nombre de la competitividad y la “transparencia”, pero anulando realmente la competencia y sobre todo, la posibilidad de que la población se organice, por lo menos, para hacer que el costo personal y familiar, de la electricidad, el gas, la telefonía fija, etc., se mantenga en niveles moderados ¿Qué decir entonces, del acceso al crédito productivo, o de las tasas de interés para la adquisición de una casa o apartamento?...
El Estado-Nación chileno de la post-dictadura, logró cumplir a cabalidad el objetivo de mantener viva la ilusión de la gente de aumentar permanentemente su poder adquisitivo, contribuyendo con ello (de manera considerable, sin lugar a dudas) a disipar el descontento social, aunque es evidente que el mismo no sólo se ha abordado vía “alienación consumista”, por así decirlo. El Estado chileno es el Estado policivo por excelencia. En la actualidad se aprecia con claridad meridiana la continuidad de la institucionalidad del brutal régimen militar que se prolongó por espacio de diecisiete años (entre 1973 y 1990), no obstante el restablecimiento de la institucionalidad republicana y liberal. La dictadura fascista dejó como legado un diseño que la coalición que gobernó el país durante dos décadas no se decidió jamás a derogar: La constitución de 1980, la obra del principal asesor jurídico de la administración Pinochet, Jaime Guzmán.
Con todo, prácticamente se puede decir que el capitalismo, aún continua funcionando a la perfección en Chile, claro está, para los capitalistas. El modelo neoliberal a diferencia de los “gloriosos años noventa” (cuando se hablaba de Chile como el “jaguar” de América Latina), ya no se muestra soberbiamente como la fórmula del éxito, pues la crisis global lo obligó a adoptar un bajo perfil.
Cabría preguntarse entonces, ¿Qué hacían alrededor de cien estudiantes venezolanos, en su mayoría personas menores de treinta años, en misión de estudio con el apoyo de un gobierno popular que tiene trazada la gran meta de alcanzar el desarrollo del sistema socialista?
La pista se encontraba en la reunión efectuada en el pequeño salón de un edificio en Caracas, donde Pablo Monje, entonces director de la Escuela Latinoamericana de Postgrado y Políticas Públicas “ELAP” de la Universidad de Arte y Ciencias Sociales “UARCIS” de Chile, en compañía de Luis Berrizbeitia (por entonces vicepresidente de la Fundación “Gran Mariscal de Ayacucho”) narraba al segundo grupo de personas seleccionadas (el grupo que arribó en septiembre de 2008 a Santiago, luego de que un primer grupo lo hiciese dos meses atrás) la historia de la institución universitaria creada en 1982, a partir de la iniciativa asumida por intelectuales y artistas chilenos, de generar un espacio educativo alternativo luego de que un régimen de muerte impusiera un esquema único de pensamiento y un modelo único de sociedad (el que, como es sabido, predomina aún hasta nuestros días en aquel país suramericano). Lamentablemente no podía faltar el ingrediente luctuoso de tantas historias de dictadura del cono sur: el manifestar que miembros del cuerpo docente de la UARCIS fueron detenidos y desaparecidos por el gobierno militar finalizado en 1989. No obstante ese no era mi primer contacto directo o indirecto con la realidad chilena, la experiencia del gobierno de izquierda y orgullosamente marxista (pese a las contradicciones que albergaba) encabezado por Salvador Allende Gossens, ya había llegado a mi mente y mi corazón, así fuese solo a través de los emotivos documentales que reviven las escenas maravillosas de marchas multitudinarias, plenas de algarabía juvenil, en una época en la que en Chile los estadios eran inundados por muchachas y muchachos, no precisamente a causa de la atracción generada por espectáculos comerciales. Cantaban y saltaban tomados del brazo, entonaban canciones y vivían un esplendor social, político y artístico en las calles, y en múltiples espacios, sobre todo en el lugar donde se puede constatar con la mayor nitidez, que el pueblo está vivo: la plaza pública. Desde luego que no todo era idílico, ni siquiera entre los revolucionarios de aquel entonces; se respiraba revolución, pero también al parecer, se experimentaba una enorme angustia por el ritmo con que avanzaba el proceso de transformación (que como todo proceso social y político, no nacía con el ascenso a la presidencia del líder, sino que hacía parte de una espiral ascendente de democratización, que nos remonta, como mínimo, a la década de 1960).Paradójicamente, los sectores reaccionarios de la sociedad chilena se inflaban de ira, porque estaban seguros de que la transformación sí avanzaba. Por ello no dudaron en activar un plan encaminado a desarrollar una respuesta sanitaria a la realidad que se estaba gestando: terminaron barriendo con la ilusión de un pueblo, y esterilizando hasta el más mínimo brote de subversión que contradijese el viejo sistema de la casta que vive fundamentalmente para obtener y acumular privilegios y atribuciones; para conservar los privilegios heredados, y para continuar fustigando a la clase trabajadora con la vara de medición que dictamina quién es “alguien” y quién no.
Sin embargo hubo otro hecho muy particular (por diferentes razones que son difíciles de traer en su totalidad a éste breve escrito): que Carlos Pérez Soto un filósofo chileno, haya dejado una semilla durante los tres días de conferencia que dictara, no recuerdo con exactitud si en 1997 o a principios de 1998 en algunos auditorios de la Universidad del Valle en la ciudad de Cali, Colombia. Carlos Pérez causó un revuelo entre estudiantes de prácticamente todos los programas académicos, en virtud de la forma como se refirió a los sufrimientos ocasionados a raíz de la mitificación del progreso y específicamente de la ciencia, y la manera de incentivar entre los asistentes el concebir una ciencia humanizada para superar aquella visión de la ciencia como instrumento de dominación. Carlos Pérez Soto da la pista del pensamiento dialéctico hegeliano fascinando a quienes lo escuchan, con sencillez y coherencia, lo que me permitió comprobar y entender que se trata de un tema para ser escuchado y conversado; que de ese modo se puede lograr paulatinamente en cuestión de unos minutos, un alto nivel de abstracción. El planteamiento de su breve texto “Comunistas otra vez” fue comunicado por él, con inusual intensidad (era la década de la larga noche neoliberal precisamente en Colombia, donde aún hoy parece estar lejos el amanecer del cambio de época), a lo que, se presumía, no era más que un reducido grupo de miembros de la estúpida “generación X”. La ola se regó por los pasillos de la universidad, y al tercer día no había espacio para ubicar a la multitud de participantes en las discusiones abiertas por el marxista chileno. De similar magnitud resultó el impacto de la tesis de la represión ejercida a través de la tolerancia, concepto ampliamente difundido en los últimos tiempos. Me encontré entonces con lo que resultaría ser la antesala de mi estadía en Chile una década más tarde.
Al finalizar la última década del pasado siglo, durante la época en que me encontraba cursando estudios de pregrado supe de Víctor Jara, lamentablemente, en el mismo momento en que conocía el doloroso desenlace de su trayectoria artística y personal comprometida con la liberación del pueblo chileno. No fue sino hasta nuestra llegada a Chile en 2008 a través de la beca de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho para cursar el magíster en Sociología del Desarrollo en América Latina, que pude formarme una idea más completa del inmensamente cruel plan de “seguridad” del gobierno ultraderechista de Augusto Pinochet de haber convertido, durante el primer trimestre de su infame desempeño de diecisiete años tediosos, los estadios de la capital chilena en campos de concentración. Pero lo más importante fue la vivencia personal de escuchar por primera vez varias canciones de aquel camarada eterno, como aquella que en la mañana me daba gran ánimo, y con la que recordaba a mi compañera de vida que me aguardaba en Venezuela, y escuchar también sus canciones más contestatarias, o su versión obrera de la oración del Padre Nuestro, y la guitarra, una y otra vez, en “El Cigarrito”. Disculpen el exceso de “y´s”. Prosigo.
La herencia musical (que por cierto, también es poética) legada por Víctor Jara y Violeta Parra, Quilipayún, Inti Illimani, Los Jaivas e Illapu es tan amplia y tan profunda que por sí sola constituye un universo de emociones, pero además de convicciones que brotan, no del idealismo o la racionalidad, sino de un sentimiento infinito. Sin embargo, claro está, antes de ellos hubo muchos aportes musicales y culturales. Después, la generación nacida y crecida durante la dictadura encontraría en Los Prisioneros la voz insurgente que identificaba a quienes rechazaban la vileza y crueldad del régimen pinochetista; muchos jóvenes y muchachitos (cabros como se dice en Chile) de toda latinoamérica pegamos brincos y pateamos vasos desechables al ritmo que imprimía ese “rock en español” como entonces se le llamaba, divirtiéndonos y desahogándonos también. Con los citados en este párrafo (por el sentido fundamental que los guiaba), basta para sentirse consustanciado con todo un pueblo. Pero… ¿De qué pueblo estamos hablando? ¿No existe acaso el pueblo mapuche, que constituye por sobre todas las cosas una nación sistemáticamente negada durante siglos? El milenario pueblo mapuche ha sido acorralado y agredido por el Estado nacional chileno con la misma brutalidad con la que lo hicieron los conquistadores y colonizadores españoles, lo más duro no obstante es que, pese al hecho de tener raíces indígenas, la mayoría de los chilenos y chilenas niegan y desprecian esos orígenes culturales y étnicos ancestrales. La vorágine de todas las formas de colonización existentes los ha arrastrado (tal y como se puede constatar a través de diversas fuentes) hacia el colmo de constituirse en una sociedad eminentemente racista y xenófoba, muy a pesar de sus vecinos y hermanos latinoamericanos, pero ante todo, para vergüenza y dolor de las chilenas y los chilenos que no lo son. A propósito de estos últimos, voy a destacar la significación de los vínculos interpersonales que prácticamente todos los venezolanos que permanecimos en Chile durante la estadía que posibilitó la beca de estudio con la que fuimos beneficiados, logramos generar con nuestros estimados amigos y amigas, quienes nos abrieron y continúan abriendo puertas.
El desvanecimiento de las diferencias innecesarias
Abro el paréntesis con un sobreviviente del proceso de tránsito hacia el socialismo iniciado y segado en Chile, un camarada que militó en el MIR y se desempeñó como trabajador en la mina de Chuquicamata: nuestro apreciado Alberto Carvajal, quien merece nuestra admiración por su consecuencia, constancia y tesón, no solo ante la coyuntura del golpe de Estado de 1973 y las vicisitudes producidas por la dictadura, sino por la fortaleza mostrada ante diferentes circunstancias personales, y por haber tenido el valor de aprender, estudiar, (re) pensar y discutir la política, la historia y la teoría social, de Chile y el continente, en el actual período histórico, luchando contra el peso del tiempo, y en general, contra el peso de la distancia que separa al Chile de hoy del Chile de la Unidad Popular, que con tanta intensidad viviera en su juventud.
Puedo asegurar que la mayoría de nuestros profesores, tutores, y orientadores, fueron muy amables, y se sintieron muy a gusto con nuestra presencia en la Universidad. Me valgo de la ocasión para hacer un reconocimiento público por escrito del apoyo que nos dio Candelaria, o simplemente “Candi”, porque sencillamente desvaneció la idea fija y perturbadora de vernos como extraños o extranjeros y verla a ella como extraña; así se dieron las cosas también con su hija Victoria. Candi estaba a cargo de la cafetería de la ELAP (la Escuela Latinoamericana de Postgrado y Políticas Públicas de la UARCIS), en el piso ubicado justo arriba de los salones donde veíamos clase, hasta que circunstancias internas impidieron que la institución le pagase un dinero que se le adeudaba, y que se fue acumulando mientras se le dificultaba crecientemente recuperar lo invertido en la cafetería. Candi se vio impelida a abandonar la cafetería en diciembre de 2009, cuando restaban un par de meses para que finalizase el ciclo que cumplimos los becarios que llegamos a Santiago en 2008, es decir, para que terminase la beca otorgada por Fundayacucho.
Candi aprendió a hacer arepas, hallacas y pan de jamón, y disfrutaba mucho, como nosotros, del trato mutuo inolvidable que se dio, valga decir, también, con personas de distintos estados de nuestra república, que tuvimos ocasión de vernos por primera vez, conocernos y convivir, no aquí en nuestro país, sino en Chile. Candelaria misma es oriunda de una región del sur de Chile, aunque lleva viviendo décadas en la capital.
Una amistad entrañable se generó también en mi caso, y en el de varios de mis compañeros de estudio y camaradas (venezolanas y venezolanos que en la mayor parte de los casos no supimos de la existencia de los demás, hasta encontrarnos allá) con Víctor y Ayleen; con Katia, la camarada de la población de La Victoria, y con su familia; con Rossana; durante los últimos meses tuve la oportunidad de conocer dos camaradas (y compañeros sobre todo, puesto que así se denomina en Chile a quien comparte nuestra postura política fundamental) Edicson y Adolfo .
No es posible plasmar en un artículo los vínculos de amistad, amor y solidaridad que para nuestra íntima alegría e ilusión se establecieron entre personas pertenecientes a ambas tierras gracias al convenio, de forma espontánea; por el solo hecho de haber tenido la oportunidad de coincidir en tiempo y espacio. Pero tales lazos no pueden traerse a colación de la forma en que se hace referencia a los demás aspectos incluidos en el sucinto análisis que aquí tiene lugar. Así que resultaba mejor acortar la distancia que tiende a imponer el discurso analítico, con los nombres (por lo menos) de los seres de carne y hueso que compartieron con nosotros el fragmento de vida comprendido por nuestra estadía en tierras australes. El contacto con las personas que nos acogieron (y que sin duda acogerían nuevamente en su tierra, a personas provenientes de Venezuela) resulta entonces imprescindible para poder comunicar lo que es estar en Chile, y no en Argentina, aquí, o en cualquier otro país. Otras personas independientemente de que sean o no citadas nos brindaron sin proponérselo momentos imborrables, no solo en Santiago, sino en lugares maravillosos como La Serena (y dentro de Santiago, en el bar Raíces, y El Bajón).
Ahora vamos a pasar al meollo del asunto aquí tratado.
Lo que se busca es formular una crítica a la forma como fue conducido el convenio establecido entre la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho y la Universidad de Arte y Ciencias Sociales de Chile “UARCIS”, con base incluso en el aporte teórico y epistemológico brindado por uno de las varios programas de maestría que se ofrecieron y desarrollaron en el marco de dicho convenio: la maestría en Sociología del Desarrollo en América Latina, ya citada.
Cabe subrayar que Fundayacucho, además del convenio establecido con la UARCIS, también envió becarios a otra universidad de Chile, en una proporción menor: La Universidad Bolivariana de Chile. Tengo entendido que los estudios del último grupo de becarios en la Universidad Bolivariana aún no han concluido.
Bien. Lo que se expresa a continuación tiene como propósito principal y esencial, la continuidad del proceso iniciado con la UARCIS, y la Universidad Bolivariana. Claro está, en mi caso particular, reitero, tomo como punto de partida la experiencia con la UARCIS por tratarse de la universidad donde curse mis estudios de postgrado con el apoyo del gobierno bolivariano.
Conozco los criterios y los términos bajo los cuales funcionó el convenio Fundayacucho – UARCIS, y digo “funcionó” en pasado, porque se tenía contemplado otorgar consecutivamente becas para más de doscientos estudiantes de maestría (para cursar estudios en Chile), en diversos programas, a lo largo de varios años, pero se tomó la decisión de interrumpir el funcionamiento del convenio sin emitir ninguna explicación pública de un plan de formación (me refiero al convenio) del cual fuimos copartícipes quienes adelantamos nuestras respectivas maestrías o magisters. Ello en el entendido de que Fundayacucho en la actualidad (a diferencia del Fundayacucho de los tiempos de la cuarta república) no solo se limitaría a otorgar becas, sino que se encontraría en correspondencia con una política de Estado orientada a capacitar al gran equipo que le correspondería conducir y ejecutar a su vez las políticas gubernamentales donde se requiriese llenar vacíos existentes desde el punto de vista técnico e intelectual y en lo respectivo a la formación ideológica y socio-política. Cabe agregar: la incorporación de dicho potencial humano en aras de complementar lo que ya está en marcha, con la finalidad de que no decaiga, y, para expresarlo en términos sencillos, profundizar a paso de vencedores las transformaciones encaminadas hacia el nuevo orden socialista.
Hay que dejar claro que las maestrías de los estudiantes que se trasladaron a Chile en 2008, entre quienes me encuentro, tuvieron efecto y en su mayoría han sido concluidas. Sin embargo ha ocurrido lo siguiente: el proceso no tuvo continuidad con la llegada de nuevos becarios como se tenía previsto, es decir, por lo menos en lo que respecta a la UARCIS. Concretamente en lo que atañe a programas con un importante componente teórico e ideológico como el magister de sociología, no se ofrecieron más becas.
Se requiere entonces que lo anterior sea objeto de revisión, rectificación y reimpulso. Asimismo ocurre con lo que fue el seguimiento del proceso una vez estando los estudiantes becados en Chile, donde se presentó un gran déficit por parte de Fundayacucho. Volvemos una vez más a la cuestión de la dificultad que se viene presentando en el proceso revolucionario de hacer sostenible lo que se emprende con entusiasmo.
Vuelta a la Patria
En 2009 Fundayacucho plantea con un nombre cargado de significación, el retorno de los becarios venezolanos al país a principios de 2010. “Vuelta a la patria” se denominó lo que se esperaba fuese una política consistente y coherente con relación a personas seleccionadas bajo criterios acordes con lo que en tiempos de revolución no puede considerarse algo distinto a mujeres y hombres formados para fines estratégicos de la nación. Según se nos informó se trataba de una coordinación entre diferentes instituciones del Estado y Fundayacucho en la cual habría o hubo de tener prioridad el modo como los becarios hubiésemos encaminado nuestras tesis de grado. También se tendría en cuenta el enfoque básico seguido por nuestros respectivos postgrados y por estudios previos efectuados por cada uno de nosotros. Otro gran factor a tomar en consideración eran los proyectos que pudiésemos haber desarrollado en Venezuela junto a las comunidades.
De manera que en lo atinente a la forma como se desenvolvió el Convenio Fundayacucho-UARCIS se identifican (por lo menos) dos elementos contraproducentes que a continuación se citan a manera de síntesis:
1) El débil seguimiento que Fundayacucho hizo del proceso académico allá en Chile.
2) La falta de seguimiento y acompañamiento eficaces que se viene observando con relación al retorno de los becarios a Venezuela.
No resulta pertinente condenar a Fundayacucho mediante la simple acusación de “ineficiente”. Por lo menos quien ha redactado éstas líneas considera que la valoración del proceso lamentablemente interrumpido (cabe decir, prematuramente) no puede reducirse a una simple queja.
Lo que se pretende es aportar de algún modo criterios de análisis con base en la experiencia vivida, para que iniciativas de ésta índole no mueran antes de dar frutos socialmente palpables. No perdamos de vista que se trata de planes que constituyen por definición, políticas estratégicas nacionales de cualificación del talento llamado a encaminar definitivamente el país hacia el socialismo, bajo la máxima dirección del Presidente y Comandante Hugo Chávez Frías y superando lastres heredados de la nefasta dirección política que tuvimos hasta la década de 1990.
La siguiente parte de este documento constituye un esfuerzo por contribuir a explicar la raíz del problema estructural que ha llevado al decaimiento de iniciativas como el convenio Fundayacucho-UARCIS y otros. Cito el caso del esfuerzo encomiable llevado a cabo en años recientes para darle impulso a una avanzada de cuadros técnicos y políticos formados en la Escuela Venezolana de Planificación, con el objetivo fundamental de blindar las instituciones del Estado contra los graves perjuicios ocasionados por la improvisación, la impericia y la falta de visión estratégica.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada