Por: Carlos
Rivas
Carlos_rivas_45@hotmail.com
La
triste historia de Nuestra América, ha sido un correr y subsistir
ante el poderío de quienes ostentan el monopolio del poder, que a su
vez utiliza los elementos más salvajes (leyes), para reprimir y
desaparecer las voces de protesta de quienes son victimas de sus
proyectos, llenos de razones instrumentales, que han tenido el único
objetivo de beneficiar a una determinada clase. Por supuesto que
hablamos de la clase de los poderosos, de quienes acumulan, de
quienes roban, de quienes matan, de quienes con sus armas someten a
una innumerable mayoría que nunca logra entender esos, sus proyectos
civilizatorios.
Los
ingleses arrasaron con las comunidades originarias del norte de
América a su llegada al repartimiento del botín del nuevo mundo,
los españoles hicieron lo propio en sus colonias americanas, y ni
hablar de los portugueses en lo que hoy es conocido como Brasil.
Tupac Amaru (S. XVIII), en el altiplano, fue descuartizado por el
poder de la corona, luego de iniciar una revolución inca, que en lo
profundo trataba de reencontrarse con su identidad de pueblo
originario, proclamando el retorno al Ayllu, reclamando nuevas formas
de organización, formas más justas, que rompieran con el peso
asfixiante de las leyes de los Borbones impuestas desde la península
ibérica.
Los
Sertones (S. XVIII), fueron aplacados por la corona portuguesa en
Brasil, por organizarse como pueblo autónomo, liquidando de plano,
lo que era una pequeña experiencia vinculada a la fundación de una
nueva comunidad, liberada de la rigurosidad absurda de la dominación
monárquica. Igual historia sucedió en lo que hoy es Colombia, con
la insurrección de los comuneros (S. XVIII), quienes gritaban en sus
consignas “viva el rey, abajo el mal gobierno”, producto de los
vejámenes sociales que causaban las administraciones provinciales en
cuanto a la aplicación de las leyes de indias.
En
Argentina, se asesinaron a todas las comunidades Mapuches. En Chile,
éstas fueron desplazadas al pequeño espacio conocido como la
Araucanía. A Miranda la oligarquía venezolana, bien acomodada, le
dio la espalda a su proyecto de la Colombeia. En toda América,
durante buena parte del siglo XX, se les dijo a los pueblos que los
comunistas eran sujetos monstruosos, que comían niños, viejitas y
mataban curas. En Argentina previo a la dictadura de Videla (S. XX),
se conforma la “triple A”, un organismo paramilitar, encargado de
cazar comunistas, quienes ya estaban organizando sus fuerzas para
abolir al sistema capitalista, por lo menos esa era la utopia. En
Chile, se derroca a Salvador Allende (1973), por pretender lo mismo,
cuestión que pagó caro el pueblo chileno, producto de las
desapariciones políticas, torturas, presos, e infinidad de
violaciones a los DDHH, producto del gobierno de facto que se instaló
en ese país luego del golpe militar a quien promovía esas “ideas
herejes”. Pero detengámonos en este país, en ese momento
histórico y sus consecuencias.
Recuerdo
que un profesor chileno me preguntaba sobre necesidad de reflexionar
sobre la “lección de la elección” que lleva a la presidencia a
Sebastian Piñera, un sujeto que hizo gran parte de su fortuna
durante el gobierno genocida del General Pinochet. Hay quienes
aseguran, que el proyecto de la dictadura militar pinochetista, de
mantenerse en el poder, fue consolidado con el asenso al poder
político de Piñera, debido a que está en el marco de una
constitución elaborada en 1980 (en plena dictadura), por Jaime
Guzmán, quien es catalogado como una de las mentes maestras de todo
este montaje institucional, quien además previó la transición
hacia una “democracia protegida” (1990), tomando el poder
nuevamente, sin un tiro, pero siempre bajo las premisas del juego
democrático; Piñera es reflejo de eso.
Algunos
chilenos aseguraban antes de la llegada al poder del testaferro de
Pinochet, que no había posibilidad alguna de agudizar más las
contradicciones en Chile, que ya todo estaba dicho, que no se podía
ir más lejos en cuanto profundización del capitalismo, en cuanto a
represión y criminalización de la protesta y la pobreza, pero
muchos, precisamente esperaban lo contrario. Es lo que sucede y lo
que seguirá sucediendo en este país, que se encuentra en manos de
un gobierno que a costa de lo sea se propone enterrar las esperanzas
de un pueblo que ha vivido con valentía la experiencia y el triunfo
del “final de la historia”.
Leyes
antiterroristas, que han condenado y condenan al pueblo Mapuche, por
levantar una voz de protesta ante el apabullamiento de la lógica del
capital neoliberal, y que ahora caen como anillo al dedo para
criminalizar las organizaciones Anarquistas de los “Okupas”,
quienes recuperan espacios urbanos en abandono, para poner en
funcionamiento organizaciones culturales, de expresión artística,
de discusión y resistencia ante quienes quieren pisotear la dignidad
de los pueblos, de los pobres (que existen en Chile por montón), de
los desplazados, de los de “plaza Italia para abajo”, en fin de
los que son victimas del proyecto neoliberal.
Ya
el peligro no es el comunismo, la balanza ahora se inclina hacia los
“anarquistas-terroristas”, quienes están construyendo en el
Chile Neoliberal, un tejido social crítico, importante que se
perfila a consolidar una nueva subjetividad entre los individuos de
una sociedad que no cree en sus instituciones (más del 60% de la
población juvenil no vota), que vuelve a sufrir los embates del
monopolio de la violencia, con los medios de comunicación en su
poder, e instrumentalmente utilizados para criminalizar las
organizaciones antisistémicas.
Bonita la “tolerancia” de los pastores de la democracia. No
importa cuantas voces callen, todo el mundo sabe que su proyecto ya
no es viable, y eso lo demuestra la criminalización a la
organización popular que deslegitima el orden del capitalismo, el
cual que de nuevo apunta sus armas al pueblo.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada