jueves 14 de octubre de 2010

El Convenio Fundayacucho-UARCIS (Chile): ¿un barco que no navega más? (Parte II)


Por: Gustavo Adolfo Hedmont Rojas
Partamos de una descripción personal, de lo que he observado con respecto a lo que se esperaba fuese un proceso de articulación efectiva de los ex  becarios de Fundayacucho[i] en Chile al plan de desarrollo Simón Bolívar (lo cual no traduce exactamente la vinculación formal a las instituciones del Estado en calidad de empleados, de todos los beneficiarios de las respectivas becas cuyo uso se hizo efectivo en Chile).
Para poder dar cuenta de la interacción entre Fundayacucho y quienes cursamos estudios en Chile a través de la beca hecha efectiva  por tan valiosa institución, es preciso hacer mención de la ASAMBLEA SOCIALISTA DE ESTUDIANTES VENEZOLANOS EN CHILE, es decir, un auténtico consejo popular de estudiantes de magister, del cual hice parte. No obstante, debo introducir las siguientes notas aclaratorias: A. No fui uno de los estudiantes que tomaron la iniciativa de conformar la asamblea. B. Me incorporé luego de que ya se habían dado algunas reuniones de dicho consejo, que (con probabilidad de equivocarme en el punto específico de la fecha), tengo entendido, comenzó a funcionar en febrero o marzo de 2009. Sin embargo me identifiqué con el consejo o asamblea estudiantil, y entre mis pretensiones se encuentra precisamente la de reconocer su justo valor como iniciativa organizativa que amerita ser reproducida en todos los espacios de nuestra sociedad.
Traigo a colación el tema de la asamblea socialista de estudiantes organizada e integrada por venezolanas y venezolanos que permanecimos en Santiago de Chile mientras cursábamos estudios de postgrado en la UARCIS y la Universidad Bolivariana de Chile (es importante agregar que no todos los becarios estuvieron de acuerdo con formar parte de la misma, y que la asistencia a sus respectivas sesiones semanales osciló entre los quince y los cuarenta estudiantes, números aproximados, claro está), ante todo por una razón fundamental: la posibilidad de que haya tomado cierta fuerza entre autoridades de la UARCIS, y la propia Fundayacucho, la idea o presunción de que la asamblea estudiantil se haya constituido ante todo como un “acto de rebeldía” contra la UARCIS, y más allá de eso, contra el convenio que sirvió de marco a las becas.
La presunción a la que hago alusión es un asunto delicado que exige de mi parte una gran responsabilidad (solo por el hecho de hacer referencia a la hipotética existencia de esa presunción). Declaro públicamente que asumo tal responsabilidad en lo individual.
El hacer referencia a esa presunción constituye una responsabilidad que me atañe individualmente. En cambio la responsabilidad de hacer referencia (a modo de descripción) de la finalidad esencial que guió el funcionamiento de la Asamblea Socialista de Estudiantes Venezolanos en Chile es colectiva, y emana de una realidad de la cual fui copartícipe. Por lo tanto voy a pronunciarme en aras de aclarar la orientación general que siguió dicha asamblea mientras se mantuvo activa.
La asamblea estudiantil tuvo dos directrices básicas:
1)     Contribuir al funcionamiento óptimo del convenio, en lo concerniente a las condiciones bajo las cuales se estaban adelantando nuestras respectivas maestrías.

Bajo este ítem se llevaron a cabo un conjunto de acciones relacionadas con la mediación que por decisión de la mayoría (de quienes participamos en las sesiones de la asamblea), distintos compañeros efectuaron, ante la Universidad (dirigiendo cartas a directivas de la Universidad por ejemplo) para resolver asuntos puntuales como la ayuda a todo compañero que atravesase por alguna circunstancia difícil (inconvenientes relacionados con el uso del seguro médico, eventuales situaciones críticas en materia de salud, o a nivel emocional-afectivo , etc.); la necesidad de un mayor y más eficaz acceso a bibliografía y otros recursos educativos; el mejoramiento de las instalaciones de la ELAP (específicamente las aulas de clase[ii]).

2)     Contribuir (ya desde Chile) a la articulación de un adecuado proceso de reinserción de los becarios a la realidad nacional, y en virtud (se esperaba que fuera así) de labores concretas a favor de la revolución.

Se entendía que éste objetivo no era sólo de la competencia de la institución, Fundayacucho, o del Estado venezolano en general. A decir verdad, los estudiantes tampoco  desarrollamos en aquella ocasión el músculo organizativo suficiente para incidir en la propia política gubernamental, o, a falta de ella, adquirir un MAYOR nivel propositivo. Por otra parte, el carácter intensivo de los magisters (tres semestres), aunque pueda sonar a excusa, no fue favorable en ese sentido.
Paso entonces a describir brevemente lo que, según mi percepción, ha sido el desenvolvimiento del proceso en cuestión más allá de los estudios cursados.
En una primera ocasión, el descontento suscitado principalmente por algunos inconvenientes que se presentaron en las maestrías de Educación y Psicología, y la inconformidad manifestada por algunos estudiantes de la maestría de Comunicación Política con relación a la falta de pertinencia del programa ofrecido por la UARCIS en el contexto del proceso social y político que se vive en Venezuela, constituyeron algunas de las razones que motivaron el arribo a Santiago de una delegación de Fundayacucho que incluía a su presidente en aquel momento, Jorge Arreaza.
Así tuvo lugar una reunión entre becarios y la dirección de Fundayacucho, poco antes de comenzar el invierno de 2009. Se desarrolló en la Embajada de Venezuela. Democráticamente se le otorgó la palabra a todo aquel que la solicitó. El balance de la reunión se resume en dos puntos básicos:
1.     La directiva de Fundayacucho se comprometió con la resolución de los problemas más acuciantes, es decir, sobre todo los inconvenientes presentados por una maestría como la de Psicología, que había llegado a perder más de tres meses de clase (con respecto a la maestría de Comunicación Política se determinaría su interrupción en lo atinente a Venezuela,  una vez concluyesen las maestrías en curso).
2.     Jorge Arreaza, luego de enfatizar que “Fundayacucho no es una agencia de empleos”, expresó que en todo caso veía a los becarios insertos sobre todo en el ámbito educativo, por lo cual destacó el proceso de apertura de nuevas instituciones universitarias (públicas) a nivel nacional.
Pocos meses después se daría el segundo y último encuentro con  Fundayacucho y becarios en tierra chilena (ésta vez en las instalaciones de la UARCIS, en los salones donde veíamos clase). A diferencia de la primera reunión, a ésta asistieron unas pocas personas que terminaron haciendo las veces de delegados de cada maestría, para tratar “casos específicos”. Podría decirse que en aquella ocasión se trataba ya de una reunión de “menor perfil”, con el señor Ricardo Riera, funcionario de Fundayacucho al que se le encarga coordinar la “comisión de enlace” denominada “Comisión Mariscal Sucre”.
Ello no arrojó más saldo que el de hacer circular (Fundayacucho) vía correo electrónico, un cuadro excell donde se debía aportar información personal (como si previamente no se hubiese abierto un archivo de cada uno de nosotros en la institución) e información básica de nuestro quehacer (tesis en UARCIS, proyectos que hubiésemos adelantado en Venezuela, etc.) con la finalidad expresa de crear una base de datos que, según entiendo, iba a ser compartida por diferentes entidades públicas, a efectos de generar un enlace interinstitucional.
Vinimos a darnos cuenta de las acciones a desarrollar por la “Comisión Mariscal Sucre”, ya en Venezuela, cuando tales acciones, no fueron más allá de la programación de dos sesiones (hasta el momento) de entrevistas con un funcionario del Despacho de la Presidencia de la República, en presencia de un funcionario de Fundayacucho en las instalaciones de la institución, en la Urbina, Caracas. Para cuando eso ocurre, en 2010, hace escasos tres meses, la Presidencia de Fundayacucho ya no estaba a cargo de Jorge Arreaza, sino de Julia Montoya, su actual presidenta. Tres funcionarios, hasta entonces desconocidos para nosotros, sirvieron de mediadores provisionales ente nosotros los ya ex becarios, y la dirección de Fundayacucho, simplemente para sostener una reunión en Caracas un día antes de la entrega de títulos. En dicha reunión se nos informó de la segunda de las entrevistas… ¿Y la primera?...
Veamos:
Con relación a lo que hubo de ser una “primera entrevista”, pude observar lo siguiente:
1.     Que pocas semanas antes de la entrega de títulos(al parecer dos o a lo sumo tres semanas antes de que la misma se llevase a cabo) fueron convocados a la primera sesión de entrevistas un conjunto de estudiantes. Es preciso señalar que la convocatoria no se hizo correctamente pues yo, en lo particular, no recibí ninguna información sobre su realización, y según se pudo constatar, muchos otros compañeros tampoco. El descontento que ello suscitó (con un ingrediente adicional: la información que circuló entre algunos de los ex becarios fue difundida sin la suficiente antelación, hecho que dificultó el traslado oportuno de algunos (as) compañeras y compañeros, del interior del país, a la capital), se reflejó en una reunión previa a la ceremonia de graduación de los ex becarios y a la segunda entrevista, de la cual pude enterarme  dos días antes de su realización en aquella reunión de “reencuentro”(?) oficial de los ex becarios en territorio nacional (de los ex becarios entre sí, y con Fundayacucho).

Como ya indiqué, fui entrevistado por un funcionario del Despacho de la Presidencia de la República  en presencia de un funcionario de la “Comisión Mariscal Sucre”. La entrevista duro unos quince minutos; recibieron mi currículum vitae, y hasta hoy, luego de tres meses, no tengo la más mínima idea sobre qué vacante laboral se quiso llenar con aquellas entrevistas, ni que curso ha tenido mi currículum después de ahí, y, sobre todo: no tengo el más mínimo conocimiento acerca de la situación actual del programa “Vuelta a la Patria”. Resulta pues inevitable que surja la interrogante de si “Vuelta a la Patria” llegó a constituirse realmente como un programa, un plan, con un objetivo claro, y unos alcances debidamente estudiados; la mínima pregunta que cabe hacer es si la “Comisión Mariscal Sucre” no fue más que una suma de acciones improvisadas). Solo percibo que, quienes sostienen un contacto directo y una vinculación formal con la institucionalidad de la cual emanó la política de otorgar las becas respectivas (no me refiero solo a la Fundación sino al Estado en general), constituyen en su mayoría la parte del conjunto de becarios que tiene fijada residencia en Caracas, y que por lo regular se habían incorporado al aparato estatal de tiempo atrás. Por ende tuvieron la oportunidad de incorporarse nuevamente al mismo (ya sea en instituciones donde laboraban antes de viajar a Chile, o en alguna otra institución ubicada en la capital de la república) tan pronto regresaron. La mayoría de los ex becarios, especialmente los que nos encontramos por fuera del territorio-sede de los poderes nacionales-centrales, hemos sido dejados a la intemperie de los vientos que soplen en nuestras vidas individuales, y es ahí donde radica el problema: en el desvanecimiento de la acción colectiva revolucionaria, en la dispersión de nuestras energías, de todos los valiosos esfuerzos y voluntades que en algún momento condujeron a las expectativas que nos generaron en los días previos a nuestro viaje a Chile (2008) , tanto directivas de la UARCIS, como las directivas de Fundayacucho que hoy (2010)  sencillamente fueron sustituidas por otras personas, para un comenzar de cero, otro “inventar” que corre el riesgo de caer en lo mismo: en un inventar para después errar.
Lo que podrá observarse a continuación es un intento de contribuir a explicar por qué este tipo de situaciones se presentan.

La tesis aquella de la heterogeneidad de las relaciones de producción, y su vigencia en la realidad venezolana actual

Pese a los constantes llamados del presidente a vencer de una vez por todas el “monstruo de mil cabezas” del burocratismo y la ineficiencia, éste no termina de ceder.
Existe una razón fundamental para que ello no se resuelva:
El hecho de que no se trate de algo que se pueda acabar mediante el simple repudio o juzgamiento de índole moral.
En Venezuela han comenzado (¡por fin!) a desfilar los responsables de hechos irregulares de gravedad considerable producidos dentro de la administración pública. Pero a pesar de que prácticamente todo el mundo admite la persistencia de la ineficiencia administrativa como problema estructural del Estado venezolano, sus responsables no son visibles a diario. En cambio sus efectos sí. Son visibles para el pueblo que resulta afectado. Desde luego que sí.
No se ha conseguido lograr que la responsabilidad asociada a la tardanza en dar respuestas a las demandas del colectivo, la responsabilidad que atañe a las soluciones “a medias”, y también a la ineptitud, se sometan plenamente al escrutinio del soberano, es decir, a lo que en Venezuela ha venido cobrando significación en el imaginario colectivo bajo el concepto de contraloría social. Resulta evidente que estamos muy distantes de alcanzar la  consolidación de la contraloría social como práctica extendida y arraigada en la sociedad venezolana.
Voy a valerme de otro concepto: el concepto que empleara la Comisión Económica para la América Latina (CEPAL) encabezada por Raúl Prebisch, en otro momento histórico, es decir, los comienzos de la segunda mitad del siglo XX.
Heterogeneidad estructural de las relaciones de producción constituye una categoría conceptual que proviene de la economía; luego, en los albores de la década de 1970 resultaría fundamental para el planteamiento básico contenido en la teoría de la dependencia (la famosa teoría de la dependencia, sepultada por el autoritarismo y condenada así a una larga ausencia, no precisamente por haber sido refutada desde las esferas del conocimiento). Consiste, de acuerdo con Norbert Lechner, en la yuxtaposición e imbricación de diferentes relaciones de producción.
Percatándose de no hacer una extrapolación que por forzosa resultase inadecuada, el autor le da una connotación amplia a la categoría en cuestión, de manera que la lleva al ámbito de la sociedad en general, y al de la cultura, veamos:
“El término (…) debe ser referido al proceso social en su conjunto, señalando la fragmentación de la sociedad”[iii].
El fenómeno tendría lugar de manera diferencial claro está, en toda la región latinoamericana y en otras latitudes (conforme a las tensiones y distensiones que se den entre los distintos sectores de las respectivas sociedades, y la forma como la economía de cada país se inserte en el mercado internacional y en la política mundial), por cuenta sobre todo, del desarrollo de economías capitalistas dependientes, de manera que se caracterizaría por la presencia simultánea del capitalismo y de modos de producción y relaciones sociales pre-modernas (lo que no significa que hayan de ser concebidas como “inferiores”), no obstante el predominio de aquel orden socioeconómico.
La confluencia de visiones, creencias y culturas distintas dentro de una misma sociedad, respondería a esa yuxtaposición y superposición de relaciones de producción.
En ese sentido tenemos principalmente, el caso del Estado venezolano, que mientras históricamente se fue conformando como una estructura al servicio de la acumulación y concentración del capital (en particular a lo largo del proceso de modernización que se desarrolló durante el siglo veinte), constituyó también un sistema económico en sí mismo, distinto,  funcionando en gran medida como un sistema “autónomo” con respecto a la dinámica del mercado (nacional e internacional), cuando en realidad dependía de la renta petrolera. En todo caso resultaba funcional a la sociedad moderna (de clases) que terminó configurándose en el país.
No es para nada un descubrimiento que los Estados, o mejor, los aparatos estatales modernos, actúen (en cualquier país del mundo) como proveedores de ingresos y empleo. Sin embargo no en todos los casos ocurre que la mayoría de la población se haya encontrado por fuera de un aparato productivo nacional que, en la medida que hubiese alcanzado un nivel importante de desarrollo capitalista, actuase como un gran mecanismo autorregulado de vinculación directa de la población a la base material que sostiene la nación, de tal modo que hubiese logrado, al cabo de cierto tiempo, que el trabajador internalizara una disciplina, y en consecuencia se pudiera esperar de él, un gran rendimiento; es decir, se habría conseguido convertirlo en un “trabajador eficiente”. Así sería si se hicieran efectivos los parámetros fijados, primero, por la cultura euro-occidental, y finalmente por la lógica de la productividad-rentabilidad. Esa fue la ruta básica que siguieron en su momento, los hoy llamados “países industrializados”. Es distinto el desafío que se yergue frente a Venezuela.
Aún en el país subsiste en las zonas costeras la pesca tradicional (como nos hemos trazado apartarnos de la lógica acumulativa capitalista, podemos sentirnos complacidos de que dicha actividad, en lugar de desaparecer, se acrecentará).
En la medida en que se trate de una actividad que el trabajador del mar adecúa a sus ritmos de vida, a las costumbres y a la dinámica cultural, en principio, de su entorno próximo, tenderá a presentar mayores diferencias con el ámbito laboral (formal) del medio urbano, por ejemplo.
Por su parte, zonas como las extensas llanuras venezolanas[iv] dieron espacio a diferentes formas de opresión; en tal sentido no podemos obviar el hecho de que la dominación ejercida por los grandes propietarios de tierra se amalgamara con vínculos tradicionales como el compadrazgo, con lazos de amistad, y en general con nexos de tipo clientelar. Se tiene conocimiento de que siglos atrás la actividad productiva se desarrollaba sin que el latifundista entregase contraprestaciones de índole monetaria para el trabajador del campo (esclavizado o no); a diferencia de éstas, se daba un pago “en especies”, y las economías agrícolas y locales de entonces  se encontraban mediadas por un conjunto de factores no económicos pero sí funcionales al dominio social ejercido durante la época (digamos pre-capitalista, la cual no solo abarca la fase del dominio colonial español, sino también etapas de nuestra historia republicana). Entre esos factores jugaban un papel preponderante, la familia, los lazos afectivos y el otorgamiento de favores. Ese era el contexto bajo el cual se podía observar que una persona humilde del campo no viese en el gran propietario de tierra su explotador, o su antagonista a nivel socio-económico. Al contrario. Lo veía como alguien próximo, con frecuencia se trataba del gran amigo a quien se escogía como padrino del primogénito. Más que un amigo en realidad. Ya en el siglo veinte el capitalismo se expandía y reproducía de tal modo que era fácil encontrar una relación de ese tipo, aún en presencia del pago monetario. No nos engañemos. Episodios recientes del proceso de redistribución de la tierra rural que se está desarrollando en Venezuela han permitido constatar que continúa repitiéndose, con demasiada frecuencia, el caso del peón o capataz que defiende los intereses de su opresor, justo en el momento en que se le presenta la oportunidad de proteger los suyos.

¿Clientelismo otra vez?
Me pregunto qué dimensión le estamos atribuyendo al clientelismo, clara expresión de la heterogeneidad a la cual se está haciendo referencia.
Está planteada la diferenciación entre un clientelismo “señorial” tradicional, y un clientelismo moderno.
El clientelismo tradicional se configuraba sobre la base de una noción compartida: es decir, la reciprocidad entre dos actores sociales con distinto status que mantienen entre sí una notable asimetría de poder, dada la forma en que se encuentran relacionados según el papel y la posición que ocupan dentro del sistema de producción (local) en el que se hallan insertos.
El fenómeno nos remite a un valor tradicional tan antiguo como el honor: el valor de la lealtad. Espero que el siguiente fragmento consiga ilustrar un poco a qué nos estamos refiriendo:
“En la antigua Roma, p.e., se instituye la clientela que regula jurídicamente la situación de ciertos individuos o tiene determinada función ética (clientela exterorum). En el Islam surgen las órdenes militares que (...) son luego copiadas por los caballeros cristianos. Típica de la edad media europea es la mesnada o grupo militar que se congrega o “asocia” bajo la égida de un caudillo. La  fidelidad de los secuaces al caudillo ha quedado documentada en la “Devotio Ibérica”, institución que los obligaba a acompañarlo en la vida y en la muerte. El caudillo hispánico es el poderoso que comparte sus bienes con los seguidores, los dota de armas y caballo, los alberga en su casa y les ofrece pan y agua. Son sus paniaguados o criados. La mesnada o hueste se reproduce en América, en la figura de las “compañías”, o grupos de conquistadores que  bajo el mando de caudillos como Cortés o Pizarro arman sus propias empresas de “rescate” o poblamiento[v].
Como puede verse, el fenómeno no es nada nuevo, sin embargo nos remite a un hecho contemporáneo en el que se da la existencia de caudas que se limitan a seguir a un jefe político, no en razón de principios, o programas políticos, sino por simple devoción y  lealtad a su persona.
Cabe agregar a la cita anterior:
“Existe en ésta relación un pacto tácito de lealtad a base de reciprocidad. El jefe ofrece protección en el más amplio sentido y exige lealtad política de su cliente”[vi].
Ese “jefe” se encuentra encarnado en el (la) Ministro(a), el (la) diputado(a), gobernador(a), alcalde, y en general en todo político de oficio. Nótese que la forma clientelar es a fin con el modelo de la llamada “democracia” participativa.
Entramos así al tema del clientelismo moderno. El concepto hace referencia al fenómeno de la articulación de redes cuya funcionalidad se reduce a la acumulación de un capital electoral con base en el estímulo del otorgamiento de beneficios específicos de manera individualizada, a los miembros de cada red o cauda política.
Según se ha tenido ocasión de advertir, el clientelismo tradicional jugaba un papel preponderante en el funcionamiento de sistemas de dominación social cuya base material era la producción agrícola con destino, en primer término a un mercado local. La historia de Latinoamérica da cuenta clara de que el fenómeno tuvo prolongación cuando dicha producción comenzó a tener como destino el mercado internacional, es decir, cuando comenzó a estructurarse el vínculo de dependencia con lo que terminaría consolidándose como el capitalismo central (las “sociedades capitalistas avanzadas”). La lógica capitalista, al incursionar con fuerza en nuestros países, rompe con la lógica tradicional descrita, sustituyéndola por la dinámica que propicia el surgimiento del clientelismo moderno, llamado también clientelismo transaccional, en la medida en que no se caracteriza por una incidencia tan alta de formas de sociabilidad como el compadrazgo, ni algún otro vínculo que involucre lo afectivo-emocional; la mayor incidencia viene ahora por cuenta del pragmatismo asociado a una transacción elemental: la que consiste en otorgar y recibir beneficios a cambio de votos. Los recursos públicos constituyen la fuente económica que permite sostener las estructuras clientelares modernas. 
Fijémonos en algo: antes el clientelismo hacía parte de la articulación de un orden económico, pero actualmente ha perdido esa centralidad dentro del ámbito productivo, puesto que, como fenómeno cultural, se ha convertido en un fenómeno eminentemente político, el cual, para reproducirse, depende de la actividad partidista-electoral. Tiene como nichos vitales, los aparatos burocráticos. Sin embargo el burocratismo no se reduce a clientelismo. La explicación del problema del burocratismo amerita ser complementada con explicaciones sociológicas que involucren de manera particular al ámbito administrativo-jurídico, y exige también estudiar a profundidad el poder político. Ello rebasa los alcances de este breve escrito.
Las redes clientelares se extienden aún por las diferentes instituciones públicas alimentándose del interés individual; de beneficios y contraprestaciones concretas, pero no por ello el clientelismo ha dejado de responder al elemental ofrecimiento de protección a cambio de lealtad. La necesidad de recurrir a un jefe proveedor de condiciones de relativa seguridad es lo que estimula la formación de grupos y grupúsculos, más no de colectivos (léase conscientes).
 El clientelismo a la par de resultar contrario a la eficiencia de las instituciones formales, constituye en sí mismo una institución cimentada incluso sobre los principios morales de la amistad y la confianza mutua. La paradoja es sin duda enorme, pero no es extraña. La incertidumbre que acarrea el escaso desarrollo de las fuerzas productivas en países como el nuestro no ha hecho más que propiciar esa manera de distribuir recursos (públicos) y tareas, a efectos de favorecer grupos alojados en la institucionalidad.
El clientelismo tiene en Venezuela uno de los terrenos más fértiles que podría encontrar un fenómeno de esa índole. La heterogeneidad de las relaciones de producción se combina con un Estado rentista cuyos ingresos, (todos lo sabemos) se han caracterizado en reiteradas ocasiones por ser inmensos, al punto de parecer incluso, infinitos.
La heterogeneidad de relaciones de producción implica que los conflictos latentes en nuestra sociedad, no terminan de ser vistos, por la amplia mayoría de la población, como un antagonismo de clases que chocan entre sí a consecuencia de intereses irreconciliables. El conflicto político, sacado del estrecho ámbito de la rivalidad gobierno-oposición, y de la pugna por el acceso al aparato administrativo estatal ha tenido un carácter difuso que se expresa en la dicotomía pueblo-oligarquía.
Bien sabemos que el gobierno del Presidente Chávez inicia en 1999 con aquel dilema (engorroso por lo demás). Sabemos también que el rumbo que fue tomando el proceso bolivariano le fue dando un contenido más claro al concepto “pueblo”, que en actual momento parece haber adoptado ya una forma mejor delineada. Hasta cierto punto ha dejado de ser una suerte de entidad amorfa, para definirse en marcado contraste con la clase monopolizadora de los medios de producción. En ello ha jugado un papel importante el manejo pedagógico que hace el Presidente de la política, de cara a las mayorías; el desenvolvimiento de la lucha por la tierra impulsada en una medida significativa por la política agraria del gobierno nacional; el avance, aún tímido pero cada vez mayor del control obrero de la producción (en ese sentido es necesario reconocer también los pasos dados por el Ejecutivo nacional hacia esa dirección, al convertir empresas, fábricas, y medios de producción de diversa índole en propiedad estatal, bajo el criterio fundamental de actuar como órgano político-administrativo del pueblo, pese a los tropiezos que a nivel institucional nunca han de faltar). Pero ni el Estado en su conjunto, ni el partido que tiene acceso mayoritario al aparato estatal (el Partido Socialista Unido de Venezuela “PSUV”) están respondiendo a dicha definición (clasista) fundamental.
El problema a identificar es entonces, el siguiente:
El Estado en su conjunto, no cumple con el requisito (de todo Estado que consigue ser algo más que un mero aparato administrativo) necesario para fijarle un rumbo sostenido a la nación, independientemente de los discursos y de cualquier anhelo individual; del toma y dame diario que principalmente a nivel mediático (y jurídico, hasta cierto punto) sostiene con los rostros visibles de la contrarrevolución:
Constituirse como el principal factor encargado de traducir la racionalidad de un sistema productivo anti-capitalista, por pequeño o incipiente que aún sea, en un sentido (tampoco lo logró en su momento con el proceso capitalista de producción).
Para traducir el conjunto de acciones encaminadas a la generación de un proceso productivo radicalmente distinto al existente, en un sentido social, el Estado venezolano  amerita ser capaz, antes que nada, de generar una impresión (mínima pero imprescindible) de homogeneidad sobre el grueso de la población. Esa impresión de “homogeneidad” proveniente de lo que necesariamente tendría que haberse constituido como una sola gran red, y como un sistema  cuyas partes brindan la seguridad de actuar (por lo menos la mayor parte del tiempo) con plena coherencia, es lo que le permitiría convertirse, por primera vez en la historia nacional, en una auténtica esfera de mediación entre las prácticas individuales, cosa que en los actuales momentos se da de manera absoluta, pero únicamente como ficción de los sistemas propagandísticos oficiales.[vii]
 Remitámonos durante un breve instante a la etapa histórica previa a la que vivimos actualmente, y preguntémonos: ¿hasta qué punto, cuando alguien obtenía un empleo (no bajo el criterio capitalista de la rentabilidad, ni en consideración a la  formación que facultaría a determinada persona para desempeñarlo)  dentro del aparato administrativo estatal (una notaría digamos), incorporándose así al juego del “pónganme donde haiga”, probablemente después de haber estado en la dura circunstancia moral del “dame algo”, percibía esa experiencia propia como un bien que circulaba hacia ella o él, por una suerte de “arreglo” metafísico del que derivaba en últimas la “palanca”  que lo ubicaba en un puesto que le daría acceso como mínimo a la seguridad social (ingresos fijos, prestaciones varias, una futura jubilación, etc.)?, o ¿hasta qué punto dicha persona lo percibía como el fruto de la generosidad de una figura, cuyo mayor “poder”, venía a otorgar, lo que un escaso manejo de “influencias” y/o una escasa capacitación no podían alcanzar?¿Hasta qué punto lo percibía como el apoyo de un(a) amigo(a) o familiar?
Ocurría entonces que aquella mentalidad arquetípica (cabe destacar que no correspondía ni corresponde exclusivamente a una clase social, puesto que es transversal a todas), en lugar de oponerse al capitalismo, le resultaba perfectamente funcional. Los vínculos afectivos, la emotividad, y un conjunto de valores tradicionales, sin constituir un inconveniente per se, eran absorbidos por la lógica del mercado, la cual no les permitió salida distinta a la de transmutarse en expresiones de rapiña, descaro y cinismo que el pueblo mayoritario reprodujo. La idea del “si yo no lo hago, de todos modos otros lo harán en mi lugar” (venderse, sobornar, enriquecerse a costa del Estado) es la expresión patente de aquella decadencia. La autoinculpación (cuando se daba) era mitigada por una gama de creencias diversas (no pretendo ensañarme con determinado credo, pues de ello participan, tanto la cosmovisión y la cultura judeo-cristiana, como todas las religiones y ritos que ejercen influencia dentro de la sociedad venezolana) que no obstante tienen en común un tronco: la creencia básica de que todo lo importante es externo a nosotros (sea lo que fuere: un líder, una organización, determinada circunstancia eventual, un poder divino, o todos a la vez). En consecuencia lo que nos correspondería entonces sería dejarnos alcanzar por ciertas “ondas”; “alinearnos” o participar de ciertos arreglos para poder ser “bañados por la luz” que proviene del poder (concebido siempre como algo externo); ponernos “donde hay”.
La dinámica que se acaba de describir desembocó en la crisis que concluyó con el derrumbamiento de un sistema político (más no de un Estado).
De la realidad venezolana (esto ya ha manera de síntesis) se puede colegir entonces:
Que la heterogeneidad de visiones se deriva del hecho de que un capitalismo dependiente como el venezolano constituya, a pesar de ser en este momento el modo de producción hegemónico, un producto inacabado que convive con modos y relaciones de producción no capitalistas[viii].  En consecuencia nunca se ha dado en Venezuela una estructura de clases moderna. Hacemos parte sin duda de una sociedad de clases, pero nuestra sociedad acusa un importante déficit de organicidad en las relaciones de clase. Para la burguesía ello ha constituido históricamente un gran problema. No ha contado por una parte, con la base simbólica y normativa suficiente (y además, tampoco llegó a consolidar, pese a su innegable influencia, un sistema productivo lo suficientemente fuerte y autónomo) como para garantizar sostenidamente su propia autorregulación. A nivel de la estructura social ello se ha traducido en que a lo largo del tiempo, la clase dominante permanentemente se ha visto obligada a negociar y re-negociar su dominio con otros actores que se han metido por sus resquicios; entre esos actores los que tienen y han tenido mayor incidencia son sin duda los militares.
En definitiva: la burguesía no ha logrado consolidar su hegemonía como clase, a pesar de que el capitalismo sí logró la hegemonía económica y cultural, y el gran problema radica en que los explotados, los históricamente débiles, tampoco la hemos logrado evidentemente (y peor aún: todavía estamos lejos de lograrlo). El tema principal que a mi consideración se desprende de dicha realidad, en lo que concierne al momento actual, es que la izquierda y en general el pueblo, no ha logrado establecer una mínima (pero indispensable) pauta, referencia o ruta (si quieren llamémosla de otra manera) concreta que determine el proceder de la acción política revolucionaria. Cuando hablo de izquierda, cabe señalar, me cuesta mucho pensar en la dirección general actual del PSUV, tanto a nivel nacional, como a nivel de las regiones. El panorama en lo que concierne al sector sindical nacional no luce (para nada) mejor. Salvo algunos destellos esperanzadores de organización y conciencia (que los que estamos a favor del proceso debemos cuidar como hijos de nuestra sangre), predomina, en el plano nacional, la disgregación.
Pero el problema subyacente no es la combinación de visiones modernas (la de izquierda, anarquista y marxista, y la individualista de derecha, con todas sus degradaciones) y pre-modernas (el patriarcado, los matriarcados, las visiones mágico-religiosas ancestrales) de mundo. Plantearlo así sería caer en el absurdo atroz de proponer prácticamente un holocausto cultural. La salida está en conseguir unificar todas esas visiones en un mismo sentido, en una voluntad-racionalidad colectiva que permita hablar por fin de una dirección colectiva del proceso revolucionario, a diferencia de lo que viene impulsando y desarrollando la facción burocrática alojada en la institucionalidad (la llamada “boliburguesía”) que no hace más que apostar a la saturación de la figura del Presidente y a la fetichización (una vez más) de la memoria del Libertador Simón Bolívar, en lugar de contribuir a la auténtica integración de su legado filosófico y político, y de su ejemplo, a las demás visiones que confluyen en nuestra nación, en aras de la construcción de un bloque ideológico clasista-obrero (no en el sentido exclusivo del obrero de fábrica, sino del sujeto histórico revolucionario que comprende a todos los que hemos venido padeciendo la explotación, y en especial a los que fueron objeto de la exclusión absoluta y que hoy por hoy han abierto los ojos frente a la vejación a la que pretendieron condenarlos por los siglos de los siglos).
La unificación efectiva de las diversas visiones y formas de vida que conviven en la Venezuela de hoy, en un gran bloque popular e ideológico socialista, es una tarea prioritaria para impedir que continúen siendo absorbidas por la visión individualista liberal (burguesa) dominante, a riesgo de seguir despojándolas de su carácter trascendental mediante su instrumentalización hacia objetivos egoístas, mediante su caricaturización y banalización. 
El caso de Hugo Chávez Frías, es el de un hombre que, habiendo nacido en el seno de los sectores populares y la provincia venezolana,  reúne un mérito que parte del momento en que él mismo, en su condición individual, empezaba a trascender (desde su más temprana juventud), la situación del ser cuya condición existencial se encuentra subordinada a determinado elemento exógeno y a circunstancias coyunturales.
Chávez es efectivamente un soldado rebelde que accede a la presidencia de la república entre las cenizas del sistema político que en su momento tuvo la mayor legitimidad alcanzada hasta entonces (valga subrayar esto: la mayor legitimidad y estabilidad que régimen alguno hubiese logrado a lo largo de toda la historia republicana de nuestro país), pero fue algo que se vino al suelo después de cuarenta años, pese a que inicialmente había aparecido como un “amanecer democrático”.
El presidente logra revivir con su ímpetu, la sanción moral a un conjunto de costumbres políticas que se paseaban frente a los ojos del país sin causar, en lo más mínimo, el escozor que hoy en día producen con facilidad. Los actos más absurdos de corrupción y de ineptitud no indignaban prácticamente a nadie; se limitaban a suscitar comentarios fugaces que raudamente atravesaban los pasillos de las dependencias administrativas, así como todo tipo de reuniones sociales, cediendo paso a cualquier otro tema de conversación.
Pareciera que de verdad, el ímpetu de Hugo Chávez hubiese generado lo que Göran Therborn define como una “matriz social de afirmaciones y sanciones”[ix], matriz que se erigió ante los desafueros que venían presentándose bajo todo tipo de justificaciones.
Sin embargo, aunque cada día que transcurre sea más difícil justificar la inoperancia en la función pública (y más difícil aún justificar y encubrir la corrupción, y la complicidad ante ésta), la misma renace cada día. En ese sentido podría decirse que a menudo terminan resultando infructuosos los permanentes llamados de atención del Presidente con relación a dicho problema. No es algo tan simple como hablar de desidia. El problema radica en que el Estado nacional no ha logrado consolidarse como factor aglutinador de la sociedad, con base en el rumbo socialista que se quiere fijar, y en la empatía entre el líder principal de la revolución bolivariana y las mayorías que lo siguen.
Lo importante a considerar en tal sentido es que el Estado continua nadando con frecuencia (demasiada diría yo) en la dispersión.
Se han ejecutado formidables acciones guiadas por la voluntad política. La obra de gobierno efectuada hasta la fecha permite aseverar sin temor a la exageración aduladora, que estamos ante el mejor gobierno de la historia venezolana, y si ello está ocurriendo, es fundamentalmente porque tiene y ha tenido un indiscutible énfasis social. La cuestión es que el proceso social y revolucionario amerita más que eso.
Las preocupaciones nos remiten en primer lugar, a la falta de certeza con respecto a si se cuenta con el músculo organizativo capaz de garantizar la coordinación, el seguimiento y el sostenimiento a mediano y largo plazo de todas las iniciativas que se emprenden. En ese sentido se hace alusión sobre todo a las que revisten mayor complejidad.

La imprescindible construcción democrática de una base material radicalmente  distinta

Continuando con Lechner, podemos decir con él, que al tratarse nuestra economía, como tantas otras, de una economía capitalista dependiente, la hegemonía ejercida por el orden socio-económico aún vigente, no tiene su centro aquí, en territorio venezolano; no se articula en lo fundamental, en nuestra sociedad, sino en el exterior, de ahí que una de las necesidades nacionales cuya satisfacción resulta imprescindible, es la de articular una hegemonía de la clase trabajadora; a nivel político, a nivel cultural; la hegemonía del sentido y los valores o principios liberadores del pueblo. Ello requiere la estructuración de una base material que permita superar definitivamente el esquema obsoleto de sostener el país sobre la base de la exportación de un producto como el petróleo, es decir, una materia prima. Aprovecho para hacer énfasis en que nos hubiese bastado con una razón para tomar la determinación de diversificar nuestra economía: que los precios del petróleo fluctúan a menudo, por causas externas, ajenas a nuestro quehacer cotidiano; donde la mayoría de los venezolanos nada podemos hacer para modificar o prolongar situaciones que nos beneficien o perjudiquen de algún modo. Donde no se pone en práctica la capacidad de resolver los problemas que se nos presentan en la vida cotidiana, salvo quizás en una diminuta fracción de la población (los técnicos de la industria petrolera, especialistas, etc.).
La hegemonía de los trabajadores necesita traducirse, por la fuerza de las circunstancias, en la hegemonía de la propiedad social por sobre la propiedad privada (el control obrero y comunitario de la producción), y amerita ineludiblemente llevar a efecto la labor de industrializar el país, pero nuestro proceso industrializador no puede ser regido por el criterio de la productividad, criterio que determinó las revoluciones industriales desarrolladas hasta la fecha. El compromiso de industrializar la economía venezolana, produciendo el menor impacto ecológico posible (con un incesante esfuerzo de innovación, creatividad y aprendizaje colectivo conducente a la formulación de soluciones inmediatas ante los daños ocasionados al medioambiente, así como a la preservación de los recursos renovables y no renovables), es insoslayable.
El gobierno nacional actúa en esa dirección. Pienso que es la dirección correcta, puesto que se trata de uno de los grandes asuntos en los que… ¡Necesario es vencer!.. Para garantizar todo lo demás.
Lograr la industrialización es más difícil en la actualidad que cuando a nivel latinoamericano se desarrolló el mayor esfuerzo en ese sentido (entre las décadas de 1940 y 1970), entre otras razones de peso, por lo complejo de abastecer un mercado que hoy por hoy surten países como China y la India, los cuales compiten, no solo con tecnología, sino con una notable disminución de sus costos de producción que comprende entre sus aspectos sustanciales, el abaratamiento extremo de la mano de obra. Este no es un asunto de importancia menor, teniendo en cuenta que contrasta con el incremento paulatino de los beneficios laborales que ha tenido lugar en Venezuela por tratarse de una política del gobierno bolivariano, y del nuevo Estado cuya construcción ha sido planteada por éste.
La tarea a nivel técnico, y a nivel educativo, exige que las mayorías se encuentren cohesionadas; para tal fin es indispensable la cohesión del propio Estado venezolano, fundamentalmente en lo que compete al Ministerio del Poder Popular para la Ciencia y la Tecnología, y a los Ministerios encargados de la educación; todos los entes involucrados en el desarrollo de las comunas socialistas[x] necesitan actuar coherentemente, junto a la Misión Sucre y la Misión Rivas. Es eso lo que exige la industrialización en el marco del socialismo además de toda la articulación que se requiere en lo correspondiente a la organización y la planificación económica.
Lechner parte de la diferenciación básica que establece Louis Althusser, entre Estado y aparato estatal, para sostener que  Estado es igual a dominación más hegemonía (Estado= dominación + hegemonía).
La historia reciente de la nación nos indica que el vacío dejado por la erosión de la hegemonía política alcanzada con el derrocamiento en 1958 del gobierno dictatorial de Marcos Pérez Jiménez, dio pie a la búsqueda infructuosa de recuperar el terreno perdido, mediante el recurso de la represión.
La violencia del régimen cuarto-republicano no hizo más que acelerar la precipitación de su propia caída.
Ahora bien, un nuevo Estado, como bien puede verse, está en proceso de formación. En vista de que nuestro gobierno no se ha decidido todavía a romper con el orden institucional republicano-liberal (formado por los poderes públicos clásicos, separados y diferenciados) aún conserva en una proporción considerable el componente de la dominación. Así se explica que estén presentes, como de costumbre, el ejército convencional, los aparatos policiales y de inteligencia, etc. Pero a diferencia de lo que ocurría en el pasado, el gobierno encabezado por Hugo Chávez Frías ha buscado consolidar la hegemonía de su nueva política (hegemonía de nuevos sentidos,  entre los que se destacan por ejemplo el horizonte de la nueva corriente integracionista latinoamericana, inspirada en la visión bolivariana; hegemonía de la idea del bien común; de los principios éticos afines con el modo de producción socialista que se intenta implementar. La gran legitimidad que caracteriza a nuestro gobierno es la mejor prueba de que el objetivo se ha logrado de alguna manera, claro está, en forma parcial e insuficiente), conteniendo a la vez, el influjo de la dominación (la burguesa propiamente dicha, y la del Estado heredado de la misma, que es el que aún tenemos). Es precisamente lo contrario de lo que se observa en los regímenes neoliberales.
La contrarrevolución en Venezuela (en parte por manipulación, y también por la pobreza de contenido teórico que la caracteriza) ha venido impulsando la idea de que el término “régimen” tiene exclusivamente una connotación negativa. Para no extendernos innecesariamente en el tema, y evitar apartarnos del hilo conductor que se viene trayendo, basta con acotar que la teoría política define como régimen, sencillamente lo que rige a nivel político-institucional. Por tanto puede haber regímenes democráticos, regímenes autoritarios, etc.
Una crisis profunda en el gobierno bolivariano, no solo podría traer consigo un cambio de gobierno; de derrumbarse el gobierno, daría lugar (sin lugar a dudas) a una crisis de Estado, y a partir de ahí, se abriría  la  posibilidad de que el país retroceda hacia un régimen autoritario.
 Considero pertinente que cada uno de los ex becarios de Fundayacucho cuando menos expongamos un mínimo de razones que sustenten de cara al pueblo, la importancia de los respectivos estudios que adelantáramos en Chile.
[i] Antes de proseguir debo señalar que la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho desempeñó a cabalidad la función respectiva al envío periódico que debía hacer del monto correspondiente a las becas, y responsablemente, funcionarios como Antonieta Aponte, garantizaron el envío oportuno de nuestros boletos de viaje de ida y vuelta. En ese aspecto específico, considero que no hace falta hacer el más mínimo reparo.

[ii] No fue un secreto ente la comunidad de estudiantes venezolanos lo que algunos vieron incluso como una “tonta” insistencia: que una parte de la asamblea haya hecho énfasis en el debido suministro de equipos de acondicionamiento del clima de los salones de clase, tanto de calefacción como de disminución de la temperatura durante los meses de verano (ello ya se había hecho previamente, solo que pudieron hacerse mejoras en ese sentido). Simultáneamente otra parte hizo mayor énfasis en el tema de la bibliografía, y en el acceso oportuno a la biblioteca de la ELAP, dejando en realidad el anterior aspecto en un segundo plano, digamos. Más allá de eso, la asamblea gravitaba en torno a la posibilidad (que jamás llegó a concretarse) de hacer contraloría social sobre la forma como estaban siendo administrados por parte de la dirección de la UARCIS, los recursos correspondientes al financiamiento que llevara a cabo el gobierno nacional, en primer lugar, de los estudios de cada uno de los becarios inscritos en dicha institución educativa. No debe haber misterio en eso, puesto que la contraloría social constituye un elemento de primer orden entre aquellos que se hallan contenidos en la Visión y la Política (en mayúsculas) esenciales del gobierno bolivariano y el proceso revolucionario venezolano en general.
[iii] LECHNER, Norbert (1977). La crisis del Estado en América Latina. Editorial EL CID, Caracas.
[iv] En realidad no se trata de zonas específicas de la geografía venezolana. Se está haciendo referencia en general a la Venezuela que perduró hasta bien entrado el siglo veinte no solo en las costas venezolanas o en la región llanera, sino en general en toda zona rural y en los pueblos (téngase en cuenta que la misma Caracas, y las ciudades más grandes del país iniciaron el siglo veinte inmersas en la vida pueblerina, como localidades pequeñas; así se mantuvieron durante décadas). Además no se trata solo de que “hubo” una Venezuela pre-moderna, sino de las relaciones sociales no capitalistas, y por consiguiente no modernas, que actualmente conviven con la relación salarial (trabajador-patrón) y las distintas formas de relación de producción, de índole netamente capitalista.
[v] Ver: MIRANDA O., Néstor. “El Poder Político en Colombia”. En Enfoques Colombianos # 14, Bogotá, 1.980.
[vi] Ibídem.
[vii] Espero no se atribuya al término un carácter peyorativo. La propaganda oficial es necesaria. Así lo es (como elemento clave de una política estratégica de comunicación que la comprende, junto a otros componentes) para el proceso revolucionario venezolano, y así lo ha sido para otras revoluciones políticas a nivel de todo el hemisferio, y del mundo entero.
[viii] Si hablamos de un desarrollo capitalista nacional nunca completado, o frustrado, de lo que se trata es ante todo de que dicha heterogeneidad de relaciones de producción es en parte, causa y consecuencia a la vez, de la dificultad de consolidar un mercado interno lo suficientemente amplio.
[ix] THERBORN, Göran (1987). La ideología del poder y el poder de la ideología. Siglo XXI, Madrid.

[x] Las comunas socialistas, a la par que deben responder necesariamente a un orden geo-estratégico nacional, son el fruto de la organización endógena de la sociedad en los ámbitos local y regional. Prestemos mucha atención entonces al siguiente problema: muchos municipios y estados se hallan a millas de distancia del impulso que trae el Ejecutivo nacional en diversos campos, aún cuando (en su mayoría) sus gobiernos se encuentran adheridos (a nivel partidista por lo menos) al gobierno nacional.